Al principio, la actividad en el Centro de Salud cambiaba por momentos, pasábamos a trabajar por tareas, descitar a todos los pacientes programados, valorar qué era urgente y qué no y, sobre todo, recomendábamos a todo el mundo que se quedara en sus casas. Además, cada día un protocolo nuevo contradecía al del día anterior, algunos compañeros  se iban a IFEMA, otros caían en batalla y todo se tenía que reorganizar.

Cuando salimos a un domicilio y nos recoge el taxi (otra iniciativa que tengo que agradecer, gracias a ellos, podemos hacer todos los desplazamientos necesarios). En el taxi voy repasando todo: el material, la medicación, qué me encontraré. Al llegar, y en el rellano de la puerta, como podemos, nos preparamos para entrar protegidos con el EPI, entramos irreconocibles, solo se tantean los ojos, eso si no se te han empañado las gafas. Encuentras a las familias destrozadas, te cuentan sus dudas, sus miedos, “no sé si estamos haciéndolo bien”, “no quiero que muera sola en el hospital”. Ahora decimos las cosas con los ojos, con nuestras palabras, es muy frío consolar a las personas así, no sabes si eso les da los ánimos suficientes.

Quiero que termine ya la nueva rutina, en la que me despierto pensando que todos los días me duermo con la misma pesadilla.

Desayuno mientras veo la tele para ponerme un poco al día. Me visto con esas pocas prendas que hace años que no me ponía y ahora las uso para ir y volver al trabajo. Llega el momento de ir a trabajar, sin saber qué te espera cada día. Sales del trabajo con tus impresiones y sabes que llega el mejor momento del día, cuando llegas a casa con una sensación de “suciedad”. Antes de hacer nada, te quitas la ropa y te metes a la ducha, donde haces un lavado casi obsesivo de todas las partes de tu cuerpo y repasas las sensaciones de ese día.

Te enjabonas y frotas con esa necesidad de limpiar tu mente y tu cuerpo.

Si tengo que sacarle algo bueno a todo esto, es la solidaridad de la gente. Cuando viene alguna caja con pantallas protectoras, batas y monos, gorros de tela y muchas cosas más. Los dibujos de los niños que hemos colocado en la entrada del centro, para que no parezca tan sobrio. Me sacan la sonrisa del día cuando los miro, aunque no se me vea con la mascarilla.

Hemos aprendido a interpretar gestos, que al principio no entendíamos por llevar nuestro rostro cubierto y estar todos con las emociones a flor de piel. Los compañeros que te hacen tirar para adelante, unidos hemos sacado la fuerza para seguir cada día. Nuestra familia que, aunque mantengamos las distancias hasta en nuestra propia casa, están siempre ahí. Las vídeo llamadas con mis padres, que me analizan entera para ver si estoy bien. Cuando te llaman tus pacientes para ver como estás, porque han escuchado en la tele que hay muchos profesionales contagiados. Cuando salimos todos los días a las 20:00h a cargarnos de energía. Los pacientes, de los que tanto aprendemos cada día, cuando te dicen que les has sacado una sonrisa después del todo el sufrimiento que han pasado. Y tú te quedas con ese brillo en los ojos y una emoción que no sabes ni cómo describir.

Semanas más tarde y ya controlando más la situación, el miedo y el estrés, nos enfrentamos a otra etapa, también incierta. ¿Quedará mucho para volver a la Atención Primaria de antes o nunca volverá? Solo sabemos que algo nuevo nos espera.

Para despedirme, le pongo la banda sonora a mi experiencia con “Saltan Chispas” de Rozalén, un canto a la esperanza, canción cargada de energía y positivismo.

Almudena

03/05/2020